sábado, 11 de julio de 2009

Quisiera apagarme un momento (o una eternidad).

Dormir, dormir, cerrar los ojos y dejar de sentir al menos en esta forma consciente. Qué si el inconsciente tiene algo que decirme, que lo diga al menos de ese me despertaré. Solo cerrar los ojos y navegar desde la superficie de las olas hasta las entrañas de las pronfundidades de mi yo. Tocar el fondo con la punta de mis neuronas despiertas y volver al exterior con los pulmones llenos de aire nuevo.
Este viaje me ha exprimido hasta la última gota de sudor que mi pellejo pudiera reservar para casos de emergencia.

La habitación blanca nunca antes se me había hecho tan acogedora en su pulcra luminosidad y su minimalismo seco y práctico.
Una cama, una mesita, una lámpara, la puerta a la casa y...la otra puerta, a la que ahora doy la espalda.

Tengo hambre y bajaría a por uno de esos platos enormes y calentitos que me dejan en la mesa si no fuera por el agotamiento existencial que tengo en estos momentos.
No estoy cansada de existir, solo necesito unas vacaciones de mi consciencia, dejar de pensar, razonar, ordenar, clasificar y poder ser libre aunque sea solo en mundos inesistentes fuera de las barreras de mi cerebro, de los límites de mi ser.

No les oigo y así aprovecho para cerrar las persianas de mis ojos y abrir las ventanas de la percepción extrasensorial. Soy un gato, huelo lo inodoro y siento en las almohadillas de mis pies las vibraciones internas de la madre tierra.

Cojo esta brisa suave y me balanceo con ella hasta que...

Fade out.

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