lunes, 3 de agosto de 2009

Pausa.

Despierto.
A trompicones llego a la puerta, estoy empapada en sudor frío, tengo temblores y quizás hasta fiebre. Pego la oreja y todo es silencio.
Abro la puerta sigilosamente bajo las escaleras procurando que ningún peldaño me delate.
En la mesa de la cocina hay un cuenco con caldo de sopa que ha sido servido hace poco pues aún desprende calor y una jarra de zumo recién exprimido, en el ambiente aún hay olor a naranjas desgajagadas.

A tientas me siento y mantengo los ojos cerrados, la cabeza me va a explotar. La luz que otras veces me ha reconfortado ahora me ciega y no en un buen sentido.

Con el sentido de la vista negado, dejo que los restantes me guíen en el proceso de la alimentación.
El tacto me indica que el caldo quema, el olfato hace que mis papilas gustativas segreguen toda suerte de fluidos, mi oído deja que una paz momentanea me acaricie al no alertarme. El sexto sentido me pide a gritos volver a la cama a acabar lo que el sobresalto del pánico consciente ha dejado a medias.
Un ratito, solo un ratito...un momento de calma , un aquí y ahora real. No más cruces de puertas de hoteles a países y momentos fuera de explicación ,no más pesadillas en las que no puedo más que ver sin actuar, mera espectadora.
Pido que el tío-vivo frene, que la montaña rusa deje sus subidas y bajadas para cuando mis defensas estén a punto.

Pido que el torbellino de pensamientos que atraviesan las ramificaciones de mis neuronas se detengan un momento, un instante, un segundo en el que el blanco que me ciega por el reflejo de un sol radiante en las paredes de madera pintadas del mismo color se adentre en mi pensamiento y poder no pertenecer ni al ayer ni al mañana solo al hoy y que ese hoy sea como este tazón de caldo, caliente, reconfortante y suave.








Ya.Recargado mi cuerpo con líquidos por los que perdí durante la noche.
Vuelvo a donde no quiero pero debo, hay una niña a la que sacar de un mal final.
Apoyada en la pared subo las escaleras a tientas, una astilla se me clava en la mano apenas llego al último escalón enfrente de la puerta de mi cuarto, de mi jaula.
En esa décima de segundo acierto a ver el papel doblado que el niño me dio antes de cruzar la puerta giratoria de África.

Lo cojo y caigo cual bella durmiente en una suerte de sueño profundo e inmediato. La puerta de la habitación se cierra sola tras de mi.

Profundidades del inconsciente soy toda vuestra.

1 comentario:

  1. "Profundidades del inconsciente soy toda vuestra."

    me encanta

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